Los espacios digitales son actualmente un importante entorno donde infancias y juventudes socializan, se comunican, juegan, se informan, estudian, seducen, aprenden y se manifiestan. Con todo, las plataformas se convierten en nuevos canales para transformar o reproducir situaciones que antes tenían lugar en la calle, en el barrio o en el aula de la escuela, como la violencia o el acoso.
“Lo esencial es invisible a los ojos”, le dijo el zorro al Principito, a pesar de que probablemente nunca había visto un pack de nudes (paquete de desnudos o imágenes sexuales). Pero lo cierto es que subir, mandar y recibir fotos íntimas no significa lo mismo para jóvenes y adultos. Para las nuevas generaciones la intimidad no se vulnera cuando se exhibe sino cuando es profanada –por ejemplo, mediante jaqueos o comentarios ofensivos– y, en consecuencia, defienden la soberanía y la responsabilidad personal de lo que se muestra o se omite. El contacto con imágenes íntimas forma parte de su cotidianidad digital y, al llegar al secundario, la mayoría ya ha visto –y a veces producido– más de una foto o video que pondrían colorados a padres, madres y docentes.
Del sexting al grooming
La práctica del sexting consiste en el envío voluntario e intercambio de mensajes o imágenes sexuales a través de dispositivos tecnológicos. Aunque esta acción forma parte del ejercicio libre de la sexualidad, desde los estudios de género se advierte que estas conductas se encuentran atravesadas por el sexismo, ya que promueven la cultura de la violación entre los varones y la objetivación del cuerpo y sexualización temprana en el caso de las niñas. Además, pueden generar perjuicio a partir de su distribución sin consentimiento o derivar en otros tipos de conductas dañinas, como el acoso sexual, la extorsión o el grooming.
El grooming o engaño pederasta se da cuando una persona adulta contacta a menores con fines sexuales a través de medios digitales. En un primer momento, generalmente a través de sobornos o engaños, la persona agresora genera un vínculo de confianza donde normalmente finge tener una edad cercana a la de la víctima, escucha sus problemas, hace regalos, presta atención a sus intereses, ofrece halagos y recauda información para luego comenzar el chantaje. En una segunda etapa se persigue el aislamiento de la víctima, a partir de desprestigiar su red de apoyo (familiares, amistades, docentes) e insistir en la necesidad de mantener en secreto la relación. Una vez ganada la confianza, se comienzan a introducir conversaciones, vocabulario y temáticas sexuales de manera paulatina, hasta que, en la última fase, se utiliza la manipulación, las amenazas, el chantaje o la coerción para que la víctima envíe material íntimo, relate fantasías eróticas o acceda a un encuentro físico.
Esta es una realidad que experimentan tanto niños como niñas de todos los tipos de escuela –públicas, privadas, rurales y urbanas–, es decir, sin diferencias entre grupos sociales. Sin embargo, como en distintos órdenes de la existencia humana, las mujeres se ven especialmente afectadas.
¿Qué pasa en nuestra ciudad?
En Junín, más de la mitad de las adolescentes alguna vez ha sido víctima de situaciones de acoso digital, la mayoría desde edades muy tempranas. De hecho, entre 546 adolescentes, el 62% de las chicas encuestadas ha recibido mensajes de manera insistente, al 44% le han llegado fotos de genitales masculinos sin haberlas solicitado y el 34% ha sido acosada con el objetivo de que accediera a un encuentro. En los cursos correspondientes a los primeros años, afirman que han tenido comentarios “irrepetibles”, frente a los que se han asustado. Aunque la mayoría de situaciones de acoso se da por parte de personas desconocidas o “contactos virtuales”, también ha habido experiencias con novios, exnovios, compañeros de escuela o allegados de la familia.
En general, las actitudes más comunes que las adolescentes toman frente al acoso son pasivas: ignorar o bloquear. Si la situación se extiende, suelen reportar las cuentas agresoras o cerrar el propio perfil. Recién en los casos más graves lo comentan con otra gente, primero con amistades y, en última instancia, con la familia, con resultados variados. A veces las personas más cercanas son quienes apoyan, contienen, acompañan, consuelan o acuden a la justicia; pero otras veces, son quienes juzgan, se alejan, censuran, prohíben o recurren a la violencia.
Entre los testimonios, hay una chica que a los 12 sufrió el acoso de un hombre de 35 años, conocido de la familia, y luego tuvo que soportar el reproche paterno. Hay una nena que a los 9 quiso encontrarse con un “novio virtual”, la descubrió la mamá y la dejó sin celular dos años. Hay otra que, a los 11 años, un hombre le ofreció plata para tener relaciones sexuales y la amenazó durante un año y medio: “Decía que iba a seguirme hasta mi casa y abusar de mí. Yo tenía mucho miedo… Pero no se lo dije a nadie porque me daba vergüenza, me sentía culpable”.
El testimonio queda resonando en el aula. Un silencio incómodo invade al profe de Historia y se le llenan los ojos de lágrimas. Es padre de dos nenas. Piensa que cuando llegue a su casa va a tener que hablar con ellas. Pero, ¿qué decir? Es la reacción más común entre las personas adultas. Sin embargo, para las adolescencias, estas situaciones no tienen nada de sorprendente.
¿Cómo acercarnos a su realidad?
No hay recetas. No hay fórmulas mágicas. Nada de lo que hagamos puede garantizar una protección infalible. Pero sí podemos mencionar algunas de las cosas que es preferible evitar.
Evitemos la excusa de que ellos saben más de tecnología que nosotros. De la misma manera que ayer no los dejábamos solos en la plaza, hoy no podemos dejarlos solos en Roblox. Hay que involucrarse en los usos tecnológicos de las infancias. Veamos a qué juegan, con quién. Incluso podemos buscar algún juego para compartir.
El cansancio y la falta de tiempo no nos exime de la responsabilidad que tenemos como padres, madres, docentes. Pongamos reglas claras y hagámosla cumplir. Empecemos dando el ejemplo a partir de nuestro propio uso de la tecnología.
No se trata de prohibir sino de acompañar. Prohibir no evita que lo hagan, evita que nos cuenten. Tampoco se trata de vigilar. Lo importante es estar atentos y generar empatía. Que, ante un problema, pueden acudir a nosotros.
Busquemos capacitarnos para sensibilizar, prevenir y abordar situaciones de violencia de género digital. Y abramos espacios de escucha para las adolescencias. Nos necesitan. Estemos ahí.