jueves 16 de abril de 2026 - Edición Nº5072

Regionales | 16 Apr

Opinión

La lógica pendular de la política al legislar

15:12 |Escribe Sebastián M. Riglos, abogado penalista, para INFONOROESTE.


Hay un fenómeno silencioso pero persistente que atraviesa la producción legislativa en la Argentina: la tendencia a reaccionar en forma pendular frente a las demandas sociales, de un extremo a otro, sin estaciones intermedias.

En ese movimiento, lo que se pierde no es solo equilibrio. Se afecta directamente la racionalidad, sin pudor, sin memoria y de la forma más nauseabundamente demagógica.

Porque cuando la pulsión se impone a la razón, el derecho deja de ser una herramienta de orden y se convierte en un reflejo emocional. Y allí, el exceso y la arbitrariedad se vuelven caldo de cultivo para las injusticias más obscenas.

La respuesta política: entre la urgencia y la demagogia.

El reciente dictamen de la comisión Justicia y Asuntos Penales del Senado aprobado la semana pasada (8/4/2026) que propone modificar el delito de falsa denuncia - Art. 245 del Código Penal-, agravar las penas del falso testimonio y reformar el art. 277 del mismo cuerpo normativo (capítulo referente a las distintas formas de encubrimiento), se inscriben en este contexto. Populista y reaccionario.

No es necesario desconocer el problema para no advertirlo: el sistema penal ha sido, en ocasiones, utilizado de manera abusiva. Pero reconocer esa realidad no habilita cualquier respuesta, crítica liviana, o improvisadas modificaciones seudo revolucionarias.

Porque legislar no es reaccionar. Legislar es ordenar una respuesta racional frente a un fenómeno social complejo. Con alcance universal, previsibilidad temporal, y sobre todo con correlato de realidad. Para que pueda tener dicha norma efectividad material concreta.

La importancia del cómo, frente al qué. El caballo delante del carro, siempre.

Las modificaciones propuestas no constituyen, en sí mismas, un retroceso en materia de derechos. Tampoco representan, como algunos sostienen, una solución definitiva o la reparación de algo.

Plantear el debate en esos términos es, justamente, caer en una lógica pendular que empobrece la discusión. Y todos tenemos el derecho, y casi el deber, de rebelarnos ante la mediocridad.

El problema no se encuentra en la dirección o el espíritu de la reforma, sino en su calidad técnica. Cuando la vocación demagógica se impone sobre la necesidad de legislar con precisión, lo que se obtiene no es una norma eficaz, sino un texto defectuoso, que abre lugar a una dinámica judicial de peligrosas interpretaciones. Y allí, muchas veces, el remedio es peor que la enfermedad.

Las leyes mal hechas no son inocuas, inofensivas. Más por el contrario, son por definición generadoras de nuevos conflictos: amplían márgenes de interpretación, debilitan la seguridad jurídica, trasladan al Poder Judicial la tarea de corregir lo que el legislador no supo definir.

Y entiéndase, que aquí en Argentina, nadie vota a un juez o un fiscal. Por lo cual, son de los tres poderes del estado, el menos representativo y democratico que conviven. Y en sus manos tienen nada más, ni nada menos, la facultad de aplicar las leyes: dependiendo la libertad, y el patrimonio de las personas en ello.

Legislar no es responder al clima, sino al tiempo.

Una técnica legislativa adecuada exige algo más que voluntad política: requiere lectura del contexto histórico, análisis de datos empíricos, consulta de los actores sociales involucrados y una proyección estratégica de sus efectos en el tiempo.

Cuando estos elementos son reemplazados por la urgencia o el oportunismo, la ley pierde densidad. Y es allí que el sistema pierde previsibilidad y efectividad.

Conclusión: entre la emoción y el derecho

El verdadero problema no es esta ley en particular, es sin dudas el método. Un sistema que legisla en función del impacto inmediato, sin atender a la coherencia del conjunto, es como un motociclista conduciendo a alta velocidad en una noche de neblina.

No se trata de rechazar toda reforma. Ni de celebrarla acríticamente. Se trata de evitar el error más frecuente de nuestro tiempo: creer que entre el exceso y la omisión hay solo dos caminos posibles.

Porque cuando el derecho se mueve como un péndulo, la justicia nunca llega a encontrar su centro.

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