La discusión que atraviesa hoy a la Argentina sobre la disponibilidad de sus tierras y la protección de sus glaciares no expone únicamente un conflicto legislativo. Expone algo mucho más profundo, y tiene que ver con la facilidad con la que una parte de nuestra sociedad renuncia a defender aquello que dice amar.
Nos indigna la bandera ajena sobre las Malvinas, fingen muchos emocionarse al cantar el Himno en la final de un Mundial. Y se golpean el pecho hablando de patria. Pero cuando la discusión deja de ocurrir en un estadio y pasa a desarrollarse en el Congreso, demasiados argentinos descubren una vocación inesperada por el silencio.
Porque existen causas que deberían sobrevivir a cualquier gobierno, a cualquier partido y a cualquier dirigente. La integridad territorial, la protección de los recursos estratégicos, la preservación de los glaciares, la disponibilidad de la tierra y el ejercicio efectivo de la soberanía no deberían depender del color político de quien ocupe circunstancialmente la Casa Rosada.
Durante años aprendimos a mirar la política como un partido de fútbol. Dejamos de discutir principios para discutir camisetas. Dejamos de preguntarnos qué es bueno para la Nación para preguntarnos únicamente quién derrota a quién.
Mientras millones discuten un penal, otros discuten montañas. Mientras una multitud debate un fuera de juego (offside), en despachos oficiales y ámbitos legislativos se discutían normas que alcanzan cuestiones tan sensibles como el régimen de protección de las tierras rurales o el alcance de la tutela de los glaciares. No se trata solamente de leyes, sino de la forma en que una Nación concibe aquello que considera propio y aquello que está dispuesta a resignar.
Una sociedad entera se emocionó hasta las lágrimas cuando once muchachos envueltos en una bandera celeste y blanca derrotan a Inglaterra en una cancha de fútbol. Cantamos que las Malvinas son argentinas, y hasta nos indignamos cuando alguien cuestiona nuestra identidad nacional. Durante noventa minutos nos sentimos herederos de San Martín, Belgrano y Güemes.
Pero el patriotismo que sólo dura un partido jamás fue patriotismo, es apenas entretenimiento con escarapela. Y allí reaparecen, una vez más, los siempre vigentes desencuentros en el ADN nacional.
No todos los silencios son iguales: Algunos nacen de la ignorancia, otros impuestos por el miedo. Y hay silencios elegidos, esos son los más peligrosos. El de los que prefieren no mirar para no tener que enfrentarse con la contradicción entre el nacionalismo que declaman y la entrega que toleran.
Empiezan a convencerse de que la soberanía es una palabra antigua, que la tierra es apenas un activo económico, que los recursos naturales tienen dueño según quien pueda pagarlos y que el mercado resolverá aquello que las generaciones construyeron durante siglos. Porque resulta demasiado sencillo emocionarse con una bandera cuando no exige ningún sacrificio. Y allí aparece el verdadero silencio. El Silencio de los NO inocentes. Los cómplices de siempre.